Un secreto a voces
Un día, hace ya algún tiempo, estaba en el hospital a punto de entrar en la habitación de Josep, un señor mayor al que le acababan de diagnosticar un cáncer. Los médicos habían pedido una consulta a la unidad de psicooncologia (Psicología del cáncer) para que valoráramos la mejor manera de informar al paciente sobre su enfermedad.
Josep era un agricultor, soltero y que vivía con su hermana y el marido de ésta. Justo cuando iba a conocerle, me paró una señora en la puerta que se presentó como su hermana. La mujer me explicó que en su pueblo el cáncer todavía se consideraba “el mal lleig”, una enfermedad fea, que se ocultaba a todos, incluso al propio enfermo. La mujer me explicó que quería mucho a su hermano y creía que si Josep se enteraba que tenía cáncer, no podría aguantarlo y se hundiría en la más profunda depresión. Por eso, me pidió por favor que no le dijera nada.
Después entré a conocer a Josep. Empezamos a charlar un poco sobre quien era, de donde venía, etc. Era una persona amable, tranquila e inteligente. Enseguida nos entendimos bien. Cuando ya me iba, Josep me cogió de las manos y mirándome a los ojos me dijo: “Hay algo que me preocupa mucho. Verá, en mi pueblo el cáncer todavía se trata como si fuera una enfermedad oscura y todos la ocultan. Dentro de un rato va a venir mi hermana a verme...” – y para mi sorpresa, añadió: “Ella no sabe que yo tengo cáncer. Por favor, no se lo digan porque creo que no podría aguantarlo...”.
Cuando hablamos de cáncer, hacer “como si nadie supiera” es muy frecuente. Casi siempre el amor al otro hace que deseemos que no sepa nada porque pensamos que saberlo le añadiría sufrimiento. Pero la experiencia nos demuestra lo contrario: casi siempre “todos sabemos aunque no hablemos”. La información llega por todos lados: por el tipo de especialista, por el tipo de tratamientos, por los comentarios de los demás o por los cambios en la forma de relacionarnos.
¿Recuerdan a Josep y a su hermana?. Los dos lo sabían, pero no sabían que el otro también lo sabía. Así, cada uno llevaba todas sus preocupaciones en la más absoluta soledad.
Como diría una compañera mía, la comunicación puede ser dolorosa, pero la incomunicación lo es mucho más.
Marta Schröder Directora Centre ROMA
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